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Inclusión Social y Desarrollo

Entrevista

Ana Velásquez: “las mujeres rurales podemos marcar la diferencia”

4 noviembre, 2018

La comunicadora de la Red Nacional de Jóvenes Emprendedores Rurales (Renajer), espacio construido en el marco del Grupo de Diálogo Rural de Ecuador (GDR-Ecuador), cuenta su camino personal y profesional como indígena Kichwa, nativa en una comunidad rural de la sierra ecuatoriana.


La historia de Ana Velásquez, del pueblo Kichwa Otavalo, es un camino marcado por la tenacidad y el anhelo de cumplir los sueños y de cambiar la realidad de marginación y pobreza que vivió desde pequeña en la comunidad de Pivarinci, ubicada en la parroquia rural de Eugenio Espejo, en la sierra ecuatoriana.

En pocas semanas cumplirá los 26 años y está por concluir su segunda carrera profesional. Es la primera persona de su lugar natal que cuenta con estudios superiores y aunque no cree que “debe dar ejemplo a los demás, porque de todas las personas estamos aprendiendo continuamente”, está consciente del impacto de su decisión de continuar con su formación educativa, en una población formada por 400 hogares, en la que la mayoría de adolescentes, a los 14 años están iniciando sus propias familias.

La fuerza interior de Ana, contrasta con la suavidad de su voz y la dulzura de su mirada. Es una mujer rural, educada en una casa liderada por mujeres. Doña Rosa Elena Guamán y Rosita Velásquez, su abuela y madre respectivamente, “son los motores más importantes de mi vida. Mi madre no pudo quedarse con nosotros, ya que su vida es la historia de la mayoría de mujeres de mi comunidad. Se quedó embarazada a muy  temprana edad y tuvo que salir a trabajar para darnos un futuro. Al mismo tiempo nos empujó a estudiar y a ser mejores. Mi abuela, en cambio,  es quien me enseñó que los estudios son importantes, pero que no debía abandonar el campo y que debía regresar a la tierra”, explica.

Y es que su amor por las raíces, por la siembra, por la cotidianidad del agro está constantemente presentes en su conversación. Cuando cuenta que al terminar la educación secundaria, intentó estudiar Psicología, pero las restricciones de los cupos en las universidades estatales del país impidieron cumplir ese objetivo, optó por estudiar una tecnología en Turismo. El mundo laboral se abrió para ella cuando se vinculó con la Asociación de Productores Audiovisuales Kichwas de Otavalo (APAK), quienes requerían una persona para traducir los textos a la lengua kichwa. Ana aprovechó esta oportunidad, ya que desde niña habla, lee y escribe en este idioma ancestral. La parte oral se la enseñó su abuela, pero la estructura gramatical la aprendió sola, a punta de esfuerzo y de estudiar textos en kichwa que iba encontrando.

Estos conocimientos le permitieron acercarse a su vocación: la Comunicación. “Empecé como traductora y subtituladora de Apak, después en el programa Bajo un Mismo Sol, me probaron para ser presentadora. Además he aprendido a hacer guión, cámaras, fotografía, sonido, manejo los programas básicos de edición. Aquí me di cuenta que tenía que estudiar Comunicación Social y empecé a trabajar para lograrlo. Rendí por cinco ocasiones la prueba de ingreso a las universidades públicas, pero siempre me rechazaban, quedaba en lista de espera,  o me querían enviar a universidades muy lejanas a mi entorno. Así que acudí a las oficinas de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt), para explicar mi situación y conocer el porqué no había logrado un cupo para estudiar, siendo ese mi derecho. Mi reclamo fue escuchado y al mes se me comunicó que el estado ecuatoriano me concedía una beca para esta carrera, que actualmente la estudio en la Universidad Politécnica Salesiana de Quito”, cuenta. Califica de “complicada” su existencia en la capital, en la que vive los cinco días laborales, ya que todos los viernes apenas termina su jornada estudiantil, vuelve a su comunidad, en donde apoya a su abuela en las tareas domésticas y del campo.

La vida en la ciudad le ha servido para formarse académicamente y conocer otras realidades, pero también ha reforzado el orgullo por su origen y su deseo de, una vez, concluidos sus estudios volver a la tierra, a aplicar sus conocimientos.  “Profesionalizarnos hoy  en día, es muy importante, ya que así como en el pasado las herramientas educativas nos alienaron, ahora podemos utilizarlas como una manera de fortalecer nuestra identidad”. Cree que los estigmas ocasionados por el racismo continúan vigentes “aunque los vemos ahora de forma sutil, pero permanecen” y afectan doblemente a una mujer indígena y de la ruralidad.

Sin embargo, con optimismo señala, que “la lucha de tantos años, de las mamas y de los taitas de los pueblos y nacionalidades están dando frutos.  Hoy,  los jóvenes, las mujeres del campo están demostrando sus capacidades y  además, están volviendo a la tierra. Para mí, esto es muy importante. Cuando salí de mi tierra, la idea nunca fue quedarme en Quito, yo voy a volver y  voy a retribuir en mi comunidad, lo que he aprendido porque allá es donde pertenezco”.

A un año de concluir la carrera de Comunicación Social espera cambiar la visión que se tiene sobre la agricultura. “Se la ve como algo que no dignifica, pero yo creo que cualquier profesionalización que se realice en el campo o desde el campo, debe ir de la mano de la agricultura, ya que la tierra es lo que nos da de comer”.  Su aspiración es seguir trabajando con APAK, en los territorios fronterizos del norte del Ecuador, difundiendo la cultura de los pueblos de las nacionalidades Awá y Chachi, sin olvidar su Pivarinci natal. La realidad de las mujeres de su comunidad  la  motiva para “hacer algo para cambiar esta situación. Quiero ver, que las mujeres y los niños empiecen a jugar, a pintar, a hacer música, a soñar con una realidad diferente. Mi anhelo es contribuir a cambiar la visión de la agricultura y de las personas de la ruralidad. Se nos ve como pobres, sucios, incapaces. Todos son estereotipos que  denotan un desconocimiento real de quiénes somos y sobre las mujeres rurales la desinformación y la incomprensión es mayor”, añade.

Ana reflexiona unos segundos y pausadamente contesta a la interrogante de ¿Qué es lo que más necesitan las mujeres rurales? “Deben creer en sí mismas, creer que sus metas son posibles. Por más obscuro que se vea el contexto, una debe buscar y rebuscar y no caer en las generalizaciones, ni en los estereotipos, ni en cumplir el destino que se espera de nosotras. Despojarse de los prejuicios, aceptarse y ser una misma. No dejar de intentar y de creer. Siempre he considerado que la base para un cambio en el mundo, es la educación. Pero una educación que respete nuestra cosmovisión de mujeres indígenas, porque es fácil desestructuralizar y alienar y volvernos una semilla que no ha germinado. Creo que actualmente la educación debe apoyar el regreso a la tierra y a sus valores”.

Reconoce que se han dado algunas transformaciones en la vida de las mujeres rurales, básicamente ahora se las puede ver en espacios en los hace décadas era imposible, como las artes y varias opciones profesionales. “Todas estas mujeres están abriendo el camino para las demás y es admirable que entre mujeres, independientemente que seamos rurales o urbanas, tengamos en común ese deseo de tomarnos de las manos, unirnos y ver que sí podemos marcar una diferencia y mostrar nuestra presencia en el mundo”.