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Manuel Chiriboga, un ser humano de excepción

18 Agosto, 2014

Por Julio Berdegué. Investigador principal Rimisp


El 12 de agosto falleció Manuel Chiriboga Vega, sociólogo y eminente especialista ecuatoriano y latinoamericano en desarrollo rural. Nacido en Cuenca en 1951, durante muchos años mantuvo una batalla contra un cáncer que al final lo venció físicamente, pero que nunca pudo siquiera hacer un rasguño en la enorme dignidad con que enfrentó esa adversidad. Para dejar en claro que era su cuerpo el que llegaba al final, pero que su humanidad era invencible, Manuel escribió una columna de despedida en el periódico ecuatoriano El Universo[1], en la que declaró:

“Es difícil poner un punto final a un diálogo, más aún con los lectores que me han acompañado muchos años, pero debo confesar que se me ha vuelto tarea difícil como resultado de mi enfermedad…

“Estoy en paz con mi vida y lo que he vivido. No sé cuánto tiempo tengo, pero ello no me preocupa. Solo una palabra final para recordar mis amores y creencias, el campo y lo rural, el trabajo, la capacidad de pensar y razonar, la pasión por lo que hago, el convencimiento sobre la centralidad de las libertades, la importancia de la sociedad civil y que espero mantener hasta el final, ese es mi bagaje.”

Manuel llegó a Rimisp en el 2003. Traía consigo y siguió desarrollando una fecunda trayectoria profesional y política: viceministro de Agricultura, jefe del equipo negociador de su país del TLC con Estados Unidos, secretario ejecutivo de la Asociación Latinoamericana de Organizaciones de Promoción (ALOP), Director del programa de desarrollo rural del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), coordinador del grupo de trabajo sobre temas agrarios del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), y creador y primer Secretario de la Secretaría Nacional de Desarrollo Rural Integral. Fue profesor e investigador en historia económica y social y en estudios rurales en la FLACSO, sede Ecuador, en  la Academia Diplomática de su país, en la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, en la Universidad Andina Simón Bolívar, y en la Universidad de Wisconsin, Madison. Fue un referente obligado para el Banco Mundial, el BID, el FIDA, la FAO y el IICA. Tuvo seguidores por doquier.

Manuel fue un constructor de organizaciones dedicadas a promover el desarrollo de las sociedades rurales, incluyendo el Centro de Investigaciones y Estudios Sociales Ecuatorianos (CIESE), el Centro Andino de Acción Popular (CAAP) junto con su gran amigo Paco Rhon,  y el Observatorio de Comercio Exterior.  Colaboró apasionadamente con numerosas organizaciones sociales campesinas e indígenas, como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) y el Movimiento Pachakutik, y fue de la mano de don Luis Macas – uno de los primeros ministros indígenas ecuatorianos – que asumió por última vez  un cargo de gobierno como viceministro de agricultura.

En once años Manuel cambió a Rimisp de forma muy profunda y definitiva. En pocas palabras, nos puso en contacto con el cambio social de una forma que hasta entonces no imaginábamos, y lo hizo ayudándonos a elaborar lo que nos era propio: la producción de conocimiento, el trabajo en una escala latinoamericana, y la cooperación con decenas de socios diversos como método esencial de nuestro quehacer. “No se trata siquiera de hacer muy buenos proyectos, sino de cambiar la realidad” fue una frase que soltó a los tres años de llegado en medio de una discusión apasionada, y que desde ese momento se convirtió en nuestra brújula.

Creo no equivocarme si digo que, ante todo, Manuel sería descrito por quienes lo conocimos como un hombre bueno y sabio. La forma extraordinaria en que encaró su enfermedad es una manifestación de eso. Aunque suene duro, me atrevo a decir que en la etapa con el cáncer fue cuando Manuel alcanzó ese nivel de desarrollo como ser humano que todos admiramos; a cada nuevo golpe de la enfermedad, a cada nueva operación, a la centésima sesión de quimioterapia, a cada tomografía que confirmaba que su enemigo seguía agazapado en algún rincón de su cuerpo, respondía con una serenidad que los demás no atinábamos a saber de dónde nacía, en especial cuando te explicaba lo que pasaba en su cuerpo con lujo de detalles científicos, para terminar con esa sonrisa suya, tan hermosa y tan inolvidable, que cerraba toda posibilidad de apelar. Yo no sé si Manuel hubiera sido lo que llegó a ser en sus últimos años de no haber sido por su enfermedad; es cierto que lo mato, pero primero lo impulsó a ser uno de los verdaderamente grandes.

Otra cara de su humanismo es que nunca, nunca, nunca, dejaba de buscar la razón del otro, así fuera el adversario. Sus editoriales de los domingos en El Universo, lo llevaron con frecuencia a criticar al gobierno de su país, particularmente en el ámbito de uno de sus compromisos fundamentales como fue “la centralidad de las libertades” o en temas que tenían que ver con la estrategia de desarrollo del Presidente Correa, pero siempre reconoció lo que ese gobierno estaba haciendo bien en temas como infraestructura, pequeña agricultura y política social.

Cuando encabezó las negociaciones de su país con Estados Unidos para buscar un tratado de libre comercio, recibió una gruesa andanada de todos lados, de los que querían TLC a cualquier costo, y de los que no lo querían de ninguna manera. Tuvo entonces un debate a través de sendas cartas publicadas en el periódico quiteño Hoy con quien era y siguió siendo, su  amigo entrañable, Alberto Acosta. En su respuesta a la carta inicial de Alberto, Manuel comenzaba diciendo: “Primero debemos partir de algo en que creo que coincidimos…” Así era Manuel, siempre respetuoso no solo de las personas lo que al final es un asunto de educación, sino de las ideas, aún de aquellas que consideraba erradas, lo cual requiere convicción.  

Tal vez fue esa norma de vida la que hizo que tantas amistades, tantas confianzas, tantas redes, sobrevivieran con poco daño a esos tiempos tormentosos de la negociación del TLC. Recuerdo poco tiempo después de esa época una visita al cantón Guamote, en la provincia de Chimborazo, cuyo “gobierno local alternativo” era dirigido por sectores del movimiento indígena; durante el viaje desde Quito yo no dejaba de sentir cierta inquietud al pensar cómo iría a ser la recepción que estos luchadores indígenas darían a quien personificaba ese súmmun de todos los males cual era el infame TLC, y, más aún, si sus acompañantes seríamos sujetos de la misma “calurosa recepción”… Mariano Curicama, el alcalde, y un grupo numeroso de mujeres y hombres del Parlamento Indígena, estaban ya reunidos para dar la bienvenida a ese grueso hombrón a quien nunca dejaron de llamar, con respeto y cariño, “don Manuelito;” fue un día memorable.

A lo largo de su vida Manuel fue evolucionando política e ideológicamente, y creo que al menos en los últimos diez años o así, se definía como un socialdemócrata radical, en la tradición de Tony Judt, un autor que lo apasionó y que ayudó a centrarlo en lo que al final creo que era la pregunta desde la cual organizaba su trabajo intelectual: ¿cómo en sociedades tan desiguales como las nuestras y en la era de la globalización, se puede construir un nuevo contrato social entre el estado y los ciudadanos? Incluso su reflexión sobre por qué sí el TLC, tenía que ver con eso; en la carta a que hice referencia, decía Manuel: “Tengo fe, estimado Alberto, en la potencialidad de nuestro país para desenvolverse en la globalización… apostemos a cambiar la arena del conflicto, del orden oligárquico a un orden más ciudadano y quizá más justo y equitativo.”

En su trabajo de investigación Manuel hizo aportes importantes en dos campos.  El primero y por el cual es más conocido, el del desarrollo rural, donde su preocupación central y que creo que fue constante a lo largo del tiempo, fue la modernización incluyente del campo y de las sociedades rurales.  De hecho, de acuerdo a como Manuel veía el tema, decir “modernización incluyente” puede ser casi un pleonasmo, pues la modernización en su concepto era, sobretodo, inclusión, es decir, cambio en las relaciones sociales, y, al reverso de la moneda, no podría haber condiciones para la inclusión sin una transformación productiva sustantiva. Manuel llegó a Rimisp justo cuando bajo la guía de Alejandro Schejtman estábamos embarcados en poner en orden nuestras ideas sobre desarrollo territorial, y creo que el pensamiento de Manuel fue un aporte clave que nos llevó a la definición de que desarrollo territorial es “un proceso simultáneo de transformación productiva y cambio institucional…”  Fue muchísimo lo que Manuel escribió en este campo, pero no tengo duda de que su hijo predilecto fue su famoso libro “Jornaleros y Gran Propietarios en 135 años de Exportación Cacaotera (1790- 1925)” publicado en Quito 1980 por  el CIESE y el Consejo Provincial de Pichincha.

El segundo tema que ocupó a Manuel en sus investigaciones, fue el de la organización y expresión de la sociedad civil, sobre todo a fines de los años 1990 e inicios del nuevo siglo, una etapa en que encabezó la ALOP, una asociación de ONGs de toda América Latina, y en que además fue uno de los representantes de las redes globales de la sociedad civil  ante organismos internacionales como el Banco Mundial.  Lo que preocupaba a Manuel era que las organizaciones de la sociedad civil no fueran solamente instrumentos contra-culturales y creadores de innovaciones en pequeña escala, sino que supieran construirse como contrapartes de la sociedad ante el estado y el mercado, en la disputa por el desarrollo.

Manuel era un apasionado de la vida. Era un hombre de risa fácil y cristalina, y una velada con él y Alejandro Schejtman a dúo era imperdible e impagable. Tenía una sonrisa que ha quedado grabada en mi mente como uno de sus mayores regalos; Carolina Trivelli me ha dicho que con esa sonrisa era capaz de calmar la más apasionada de las discusiones, y tiene razón.  Amaba los libros, los sesudos al igual que las buenas novelas.  Disfrutaba intensamente las ciudades bellas. Le gustaba comer bien y si algo maldecía de su cáncer es que fuera precisamente al colon, lo que lo obligaba a una dieta rigurosa, la que seguía con bastante disciplina pero que con cierta frecuencia burlaba con sed de venganza. Amarilys, mujer extraordinaria, trataba de ser severa para que Manuel se cuidara, pero casi siempre le ganaba su naturaleza bondadosa, alegre, y hacía como que no se daba cuenta para dejarlo pecar, pero venialmente. No sé si estos desvíos culinarios de Manuel le quitaron tiempo, pero si sabemos todos los que los tratamos en esta época, que buena parte de esos ocho años que le arrebató a la muerte de entre las manos, son en gran medida mérito de ella, su compañera, que pocas veces he usado el término con tanta propiedad.

Aunque parezca increíble, pero así era este hombre, acreditaba a su enfermedad dos grandes satisfacciones. La primera, el haberlo incentivado a hacer un esfuerzo considerable para sacar la segunda edición de su libro “Jornaleros y Gran Propietarios”, la que apareció el año pasado, esta vez con el sello de la Universidad Andina Simón Bolívar y la Corporación Editora Nacional. La segunda, que ciertamente lo hizo muy feliz, es que tenía la sospecha de que la dedicación con que sus hijas e hijo comenzaron a darles nietos a él y a Amarilys,  tuvo que ver con el hecho de su enfermedad; no tengo idea si fue así o no, pero así lo sintió Manuel y ello le alegró inmensamente sus últimos años.

Así vivió su vida Manuel Chiriboga, cultivando sus amores y creencias,  el campo y lo rural, el trabajo, la capacidad de pensar y razonar, la pasión por lo que hago, el convencimiento sobre la centralidad de las libertades, la importancia de la sociedad civil…

¡Cómo lo vamos a extrañar! ¡Cómo lo vamos a necesitar!

 


[1] 13 de julio 2014, http://www.eluniverso.com/opinion/2014/07/13/nota/3222266/despedida