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Jóvenes poblanos, migrantes por tradición, pero el campo sí es opción

11 Agosto, 2017

Rimisp México-Centroamérica entrevistó al gerente de Productores Indígenas del Popocatépetl, sobre las expectativas de los jóvenes de la zona donde opera esta organización campesina de Puebla.


Las zonas rurales de Puebla son fuertes expulsoras de mano de obra; se sabe bien que jóvenes poblanos llegan desde edad adolescente a trabajar a Estados Unidos, en especial a Nueva York –y en particular a actividades en restaurantes: lavaplatos, cocineros, meseros, etcétera–, en busca de ingresos para apoyar con remesas a sus familias.

Y no son la excepción los jóvenes de las familias socias de Productores Indígenas del Popocatépetl (PIP), organización poblana que es ejemplar en su proceso organizativo y en muchos aspectos, como la comercialización, la operación de su financiamiento, el avance en sus proyectos de valor agregado y otros –como se pudo constatar en una visita hecha durante julio por el equipo de investigadores de la Oficina México-Centroamérica de Rimisp y su director, Jorge Romero León, y por productores y promotores del Programa Piloto Territorios Productivos (PPTP) procedentes del Estado México.

Aunque sí hay cierta diferencia. De acuerdo con Francisco Valencia Lira, gerente de PIP, es común que los hijos de los socios del PIP se vayan a Estados Unidos muy jóvenes, desde niños o adolescentes, pero aquellos que regresan logran integrarse, apoyados por sus padres, miembros de PIP, en actividades productivas del campo de una mucho mejor manera que aquellos jóvenes que no están en condición de participar en una organización económica.

Los jóvenes de la comunidades donde está PIP “se van, permanecen allá un buen tiempo, algunos van y vienen, y pasados los años algunos deciden quedarse acá y asentarse en su comunidad, y se empiezan a incorporar a la organización por medio de sus padres. Comienzan a realizar actividades productivas en los tres sistemas producto que aquí tenemos: sorgo, amaranto y alfarería”.

Esto aplica para los jóvenes varones; en el caso de las mujeres lo más común es que migren pero en cierto momento se casan y entonces ya dependen sobre todo de las decisiones de sus esposos. “Se casan muy jóvenes, alrededor de los 18 o 20 años de edad, con muchachos de su propia comunidad, de esta región”.

Francisco Valencia comenta que los jóvenes rurales de Puebla tienen la tradición de irse a Estados Unidos, y ello se ha facilitado por una especie de red de apoyo, en que muchachos que ya están allá dan la mano a otros que quieren ir: los acogen y les ayudan a encontrar empleo. El razonamiento del que se va es así: “Mi hermano posiblemente no estudió pero tiene mejores condiciones de sueldo que yo; entonces, si me sigo quedando en la comunidad, mis ingresos van a seguir siendo muy limitados”.

Y es que Puebla es una de las cinco entidades de México con mayores índices de pobreza. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 69.7% de la población del estado tiene ingresos inferiores a la línea de bienestar y 31.9% está debajo de la línea de bienestar mínimo (2014). Las 13 comunidades donde están los socios del PIP, a las faldas del volcán Popocatépetl son clasificadas en su mayoría como “de alta marginación” por el Consejo Nacional de Población (Conapo).

Según el entrevistado, los jóvenes que suspenden su regreso a Estados Unidos y deciden integrarse a las actividades productivas con PIP son ambiciosos; asumen con vigor su decisión, pues piden crédito para superficies mayores a lo que se observa con jóvenes que han vivido en la comunidad, sin salir del país. “Piden financiamiento para cinco hectáreas, quieren sembrar eso de golpe, en comparación con los otros muchachos que nunca han salido, quienes van con más paciencia, si hoy siembran dos hectáreas, el año que entra pedirán recurso para 2.5 o tres hectáreas”.

Y esa ambición es apoyada por la organización: “si tienes capacidad, si estás convencido, pues adelante”.

Pero un error que cometen los que regresan a asentarse a su comunidad es que su primera inversión es construir una casa, “y construyen una casa grande, a veces enorme, que con el tiempo se convierte en un problema porque hay que darle mantenimiento. Son gastos altos, cuando los ingresos son escasos. Les hemos sugerido que primero busquen e inviertan en el medio de producción, para que puedan generar ingresos, y sí, que inviertan en casa, pero pequeña, acorde con sus necesidades y condiciones”.

Los jóvenes que migran por lo general tienen una educación truncada. “La mayoría cursó la secundaria y nada más. Y si bien muchos se van a servir a los restaurantes, hay otros muchos que se van al Norte a trabajar como jornaleros agrícolas”.

Con la situación actual –en que el discurso de Donald Trump ha generado un ambiente de persecución entre los migrantes en Estados Unidos–, se observa preocupación e incertidumbre en las familias rurales de Puebla. “En nuestras comunidades casi todas las familias tienen a alguien trabajando allá, y la situación se refleja en los ingresos. Dicen los migrantes: ‘ya no te mando tanto’ o ‘ya no gastes lo que mando porque acá ya no tengo mucho futuro’. Pero en la práctica, no están regresando. Hemos escuchado comentarios de que los empleos se han reducido, que muchos se han quedado sin empleo, pero que la gente esté regresando, no. No están regresando”.

-¿Es correcto inducir a los jóvenes a que permanezcan en el campo, a que se queden en la agricultura, que no migren?

-Sí que se queden, pero con una visión distinta, de empresario, chiquito pero empresario. Al final del día queremos gente en el campo que siga produciendo, y hay jóvenes que tienen mucha visión y nos pueden apoyar en un proceso de convertirse no en un productor de subsistencia, sino en un pequeño empresario, donde yo meto un peso pero saco 1.20 de utilidad. En ese momento la actividad se convierte en otra cosa. No castiga. Sabemos que el campo es difícil, que está sujeto a muchas limitaciones, pero también sabemos que es una actividad que nos da de comer.

“Algo importante, que nos ayudaría, sería que las políticas públicas dieran al campo un trato distinto, que realmente busque la productividad, pues aunque hay recursos para el campo, no están rindiendo, no están canalizados para convertir a los productores en pequeños empresarios. Nos topamos mucho con el hecho de que los que producen y los que son dueños de la tierra son personas en desigualdad. El que produce no tiene los beneficios [de los recursos públicos]; el dueño de la tierra recibe los apoyos, recibe el Procampo [hoy denominado Proagro] y otros apoyos por ejemplo al fertilizante y a la semilla. Al que renta la tierra no le dan nada; está sujeto a condiciones climáticas, que si llovió, que si hay sequía, está sujeto al financiamiento, arriesga su inversión. Pero tiene el limitante de que, si se queja, el dueño ya no le arrienda la tierra: ‘si haces ruido ya no te rento’. Entonces los apoyos son para que viva una persona que no se dedica al campo, no son para producir. Y el fenómeno del rentismo por lo menos en esa zona es fuerte y creciente”.

Las 13 comunidades involucradas en PIP, de seis municipios de Puebla (acteopan, Atzitzihuacan, Tochimilco, Cohuecan, Huaquechula y Ahuehuetitla), tienen tierras ejidales. “Aquí las dotaciones fueron de dos, de cinco, de ocho hectáreas, no fueron parejas. El promedio de lo que producen los socios del PIP es de 4.5 o 5 hectáreas. La utilidad por hectárea es de sólo dos mil 900 a tres mil 500 pesos por hectárea (depende de los rendimientos pues unos productores obtienen seis toneladas por hectárea y otros siete). Y el ingreso familiar se complementa con producción y venta de alfarería y con las remesas de los migrantes. (La tasa de cambio actual es de alrededor de 20 pesos mexicanos por dólar estadounidense).