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Entrevista

“Jamás me imaginé ser bachiller y menos llegar a la universidad”

29 octubre, 2018

En Colombia, dialogamos con  con Leocadia Silva, una mujer rural que, a pesar de las difíciles circunstancias que han rodeado su vida, desborda alegría en cada palabra. La misma alegría con la que anima a otras mujeres rurales para que sean transformadoras de su realidad.


Leocadia Silvia es una mujer rural nacida en San Juan de Rioseco, un municipio con vocación agrícola ubicado en el departamento de Cundinamarca, Colombia.  Sus ojos claros, narran con aceptación las vivencias que compartió hasta los 17 años en la vereda San Nicolás, donde vivió con su madre, padre y sus cuatro hermanos, dos hombres y dos mujeres más.

Todos cursaron hasta los hasta quinto de primaria. “Estudiar solo la primaria, fue una limitación muy grande. Mi papá no tenía los recursos para llevarnos a estudiar al pueblo.  Decidió que lo mejor era dejarnos en la finca para trabajar cogiendo café, ordeñando vacas, hacer las tareas del hogar y todos los sábados, bajar los alimentos  para venderlos en la  plaza del pueblo. Así todos los días”, afirmó Leocadia.

Pero lo que no sabía, es que esta no sería su historia de vida.

“Mi primera tarea era prender el fogón de carbón para hacer el café, mientras los niños comenzaban a descerezar y lavar el café”. Después del desayuno, Leocadia y sus hermanas se sumaban a las tareas realizadas por los hombres de la familia.

Todo cambió cuando Leocadia cumplió los 16 años.  Su mamá, una mujer que se casó a los 13 años y a la corta edad de los 25 años ya era madre de cinco  hijos, tenía una misión para su hija mayor. “Menos mal mi mamá tuvo esa idea porque de lo contrario estaría todavía ahí – refiriéndose a la finca- “, puntualizó Leocadia.

Fue así como todas las mañanas ayudaba con las labores de aseo y cocina de un asadero de pollos que tenía su prima y en las tardes, estudiaba su curso de peluquería. A medida que pasaban los meses, Leocadia avanzaba en su curso y tenía claro que no quería regresar a la finca. “No quería volver a cocinar con carbón ni a bajar plátanos”. No obstante, una vez terminó el curso regresó a vivir al pueblo, a San Juan de Rioseco.

Con ayuda de su madre, consiguió un pequeño local para cumplir dos misiones: iniciar un negocio y preparar a sus hermanas menores en esta  actividad. Así las 3 hermanas vivieron en el pueblo y el resto de la familia continuaba con las tareas del campo.

Durante cinco años, de lunes a viernes, las tres hermanas se dedicaron a atender la peluquería en el pueblo. Pero muy pronto las cosas cambiaron. En el año 2008, por la violencia que empezaba a azotar la vereda,  sus padres vendieron la finca y sefueron a vivir a Girardot, Cundinamarca.

Leocadia se quedó, porque se enamoró y se casó. Pero el matrimonio no fue lo que ella esperaba “Ahí comencé a sufrir las consecuencias de la no preparación, de la falta de autoestima porque el hombre con quien me casé era de la ciudad y siempre me decía que yo era una campesina y analfabeta (de forma despectiva). Y yo sabía que era verdad. Me la pasaba llorando todos los días” narra Leocadia, entre algunas lágrimas.

Con el paso del tiempo, y a pesar de esta situación, tuvo 2 hijos, una niña y un niño. Vivieron un tiempo en Girardot y luego en Bogotá. “Después de 16 años de casada me separé y me regresé con mi hijo de 6 años a San Juan de Rioseco. La hija mayor, de 14 años, se quedó con el papá”. Leocadia no se imaginaba lo que estaba por venir.

Dedicada nuevamente a las labores de peluquería en el pueblo, Leocadia escuchó que estaban abiertas las inscripciones para cursar un ciclo de bachillerato para adultos. Era una mujer diferente, empoderada y con la plena consciencia de la necesidad de prepararse. Por ello, y a pesar del temor que la invadía, tomó la decisión de estudiar.

“A los 42 años, decidí volver a estudiar. El primer día sentía mucha vergüenza y me puse a llorar. Pero luego comencé a ser la promotora entre las mujeres del campo que atendía en mi peluquería. Las animaba para que terminaran de estudiar porque yo las conocía y sabía todo lo que vivían en el campo. Es que la mujer de campo está llena de cosas bonitas, pero falta que ellas mismas se reconozcan y valoren lo bonito que hay en sus corazones. Las animaba para que ahorraran para el transporte de cada sábado” afirmó.

Todos los sábados, su hijo la alentaba para ir a estudiar y así, al cabo de unos meses, se graduó justamente con una de las mujeres del campo que logró convencer para terminar el bachilletato. “Jamás me imaginé ser bachiller y menos llegar a la universidad”.

Un día llegó el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural con la Universidad Santo Tomás a San Juan de Rioseco con el fin de presentar un programa para jóvenes rurales. “Aunque ya no era joven, nos inscribimos con una amiga y nos ganamos una beca para estudiar en la Universidad Santo Tomás. El día que fuimos al campus de la universidad, yo no lo podía creer, miraba todo en el campus de la universidad y me preguntaba: ‘¿tengo derecho a todo esto?’ y así empecé a estudiar Administración Ambiental”.

Después de cursar los 10 semestres, su padre se enfermó y para brindarle una mejor atención médica, decidió radicarse en Bogotá. Pausó sus estudios y aún tiene algunas materias por cursar pero esta situación solo la alienta a encontrar nuevas oportunidades para expandir sus conocimientos, tocar puertas y aprovechar oportunidades para seguirse preparando.

“Yo le digo a las mujeres rurales: Primero tenemos que amarnos, y decidir qué es lo que quiero para mí. El hecho de estar en un campo, labrando la tierra, cuidando vacas y gallinas, no nos hace menos ni menos merecedoras de que podamos surgir, de ir a una reunión y decir lo que pensamos. Yo merezco todo el respecto como cualquier otra persona, pero el respeto inicia por nosotras mismas”. Por eso, cada vez que puede anima a las mujeres que se cruzan en su vida, sin importar su edad o procedencia, a que primero se quieran y luego se atrevan a estudiar para transformar su realidad.