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Chile

Los indeseables

2 Diciembre, 2016

Por Milena Vargas, Investigadora de Rimisp, en medio chileno


Ad portas de la discusión sobre la necesidad de una reforma a la Ley de extranjería hay varios cuestionamientos que los chilenos deberían hacerse a sí mismos, respeto a los sentimientos que en ellos ha motivado esta ola de personas de diversas culturas, razas y niveles socioeconómicos, arribando a su país en busca de renovadas oportunidades, pues afloran opiniones y declaraciones que desnudan un profundo sentimiento de rechazo a una característica particular de muchos migrantes, su pobreza. No voy a insistir en este artículo en lo que ya está bastante dicho, la Ley de extranjería tiene más de 40 años, proviene del legado jurídico de la dictadura y requiere pronta reformulación, porque simplemente es añeja y obsoleta; voy a insistir por el contrario en las percepciones y los valores que hay detrás de estas declaraciones, y que requieren algo más que un cambio legislativo, aunque deben estar claramente rechazadas en los principios de la futura ley de extranjería.

El racismo y la xenofobia están dejando rastro en las declaraciones públicas del mundo contemporáneo, sin distingo del nivel de desarrollo del país. Dejó de ser políticamente incorrecto referirse públicamente con declaraciones despectivas y llenas de prejuicio, respecto a grupos sociales que suelen llamarse minorías, dejando en el aire un clima de intolerancia e incertidumbre. Lo que tienen en común todos esos grupos (al menos los más numerosos en Chile) es que provienen de países con graves crisis humanitarias, violencia, exclusión, pobreza y que salen -en chileno- “arrancando” de estas situaciones. Sin embargo, no todos arrancamos por los mismos motivos, pero sin duda la pobreza es uno bastante frecuente. Esto me trae a la memoria un término que hace ya bastantes años propuso la filósofa moral Adela Cortina y que se adapta bastante bien, la aporofobia. Habla del odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado. El pobre aparece como esa persona que no tiene nada que ofrecer.

Según Cortina, en nuestra sociedad contractual, el pobre no tiene en realidad nada que ofrecer a cambio y en consecuencia no tiene capacidad de contratar. Pues bien, muchos de los migrantes que llegamos a Chile, lo hacemos en busca de oportunidades y sin una maleta y tarjetas llenas de dinero para dejar huella en el consumo interno. Por el contrario, lo único que portamos es la fuerza de trabajo y la convicción de entregar todo sin medir esfuerzos, ni abusos que puedan cometer en nuestra contra. Lo importante es remitir a sus lugares de origen, así signifique en muchos casos vivir en condiciones precarias como observamos la semana pasada en Longaví, con 35 haitianos en situación migratoria ilegal, viviendo en condiciones que las mismas autoridades declaran que no cumplen los requisitos mínimos de salud y seguridad. Ejemplos de esto abundan. Nos encontramos con un Chile poco empático con nuestra condición de migrantes, afrodescendientes, y de ciertas nacionales con estigma social, pero donde en comparación con nuestros países de origen abundan las oportunidades.

Las manifestaciones de rechazo por lo que creeríamos se trata solo de racismo y xenofobia, esconden una realidad aún más triste para los propios nacionales, el problema no es solo de raza o la nacionalidad, el problema real es su pobreza. Esbozos de propuestas para la Ley y declaraciones de la derecha, como que se garantice que los migrantes ingresen con un mínimo de dinero, dejan al descubierto que hay un discurso claro anti-pobre, pues la realidad es que el mínimo vital para chile (ad hoc del nivel de vida en Chile), puede ser el salario de meses en uno de los países de origen de los migrantes, una clara pre selección de migrantes “buenos”. Un ejemplo de la aporofobia en el discurso político cotidiano chileno, es que jamás se arremete negativamente contra los llamados colonos europeos, que vinieron a enriquecer culturalmente el sur del país, por el contrario, se les ensalza como símbolos de progreso. Desde luego no hay motivos para aporofobia en su contra.

La realidad hoy es otra, en 2014 el 74,9% de la migración internacional provenía de Sudamérica, donde Perú, Argentina, Bolivia y Colombia ocupan los primeros lugares en términos del origen de los migrantes, según Migración en Chile 2005 – 2014, del Departamento de Extranjería y Migraciones. La migración se concentra principalmente en la Región Metropolitanas con más del 60% de los migrantes, pero también sobresalen Tarapacá y Antofagasta como destinos frecuentes, aunque en términos relativos a la población regional, los migrantes se concentran marcadamente en estas dos últimas. República dominicana y Haití son los casos que más sobresalen en las estadísticas, pasaron de reportar 0,2% y literalmente 0%, respectivamente en 2005, a aumentar en más de un 100% en la actualidad donde representan 3% y 2% de la migración.

Está bastante probado en la literatura internacional que la migración es selectiva a la edad, el nivel educativo y otras características sociodemográficas, explicando éstas que los lugares de origen pierdan a la población que tiene mejores dotaciones, como se ha señalado en investigaciones de Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (RIMISP), para la migración a nivel subnacional, y que también se ha observado para la migración internacional. Aunque algunos de los migrantes están peor en muchas de sus características individuales, sencillamente por el nivel de desarrollo de nuestros países y la escasez de oportunidades, entre otros factores que dificultan la movilidad social, lo que realmente ocurre es que en promedio los migrantes tienen 1,5 años más de escolaridad que el chileno promedio y son en promedio 4 años más jóvenes, según cálculos a partir de la encuesta CASEN 2015. La reciente visibilidad de la migración, también hace más visibles las experiencias negativas para el país, como es el caso de delitos perpetrados por extranjeros, lo cierto es que estadísticamente son pocos casos 0,36% del total de los imputados, y deben frenarse mediante una correcta reformulación de la Ley.

Debemos acabar con la aporofobia, empezar a reconocer los verdaderos valores de la migración, en esta nueva realidad del Chile abierto al mundo y atractivo para el mundo. Los migrantes asumen con compromiso trabajos que la oferta nacional no toma, y su necesidad los lleva a aceptar condiciones y salarios desiguales, incluso con respecto a nacionales ejerciendo las mismas labores, desigualdades que debemos empezar por rechazar para todos, independiente de su nacionalidad, pertenencia étnica, etc. La demanda de trabajo en conocimiento de estas carencias, aprovecha bastante bien su poder de negociación para ofrecer lo peor en términos laborales, situación que igualmente debemos rechazar como sociedad, tal como lo hacemos para los nacionales.

Por otro lado, tenemos un acervo cultural que le hace bien a este país que estuvo durante décadas en completo aislamiento internacional, los beneficios van desde la gastronomía, el arte, la música, la diversidad, la innovación y el emprendimiento como señala Ricardo Hausmann.

Los beneficios de la migración no son solo para el migrante, que eventualmente sale de la pobreza y remite a su país de origen, también los territorios receptores ganan en todos estos aspectos; Chile se encuentra aún por debajo del promedio mundial de población migrante en relación con su población total, no vale la pena esperar a que estos temas pendientes nos superen para motivar un cambio educativo y cultural con respecto al fenómeno, así como legislativo.

COLUMNA PUBLICADA EN MEDIO ELECTRÓNICO EL QUINTO PODER (CHILE)

Foto: @maxscl