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Agricultura y desarrollo

“Hay que dialogar, hay que tener evidencia y también hay que evaluar para seguir mejorando”

1 Enero, 2018

Eduardo Ramírez, investigador principal de Rimisp, Magíster en Economía Agraria de la Universidad Católica de Chile e Ingeniero Agrónomo de la Universidad Austral de Chile, reflexiona acerca de la implementación de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y la relación con el quehacer de Rimisp, y se refiere a los avances y desafíos en torno a la investigación en temas de sistemas agroalimetarios, cultura y desarrollo. 


Eduardo Ramírez, investigador principal de Rimisp, Magíster en Economía Agraria de la Universidad Católica de Chile e Ingeniero Agrónomo de la Universidad Austral de Chile, reflexiona acerca de la implementación de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y la relación con el quehacer de Rimisp y se refiere a los avances y desafíos en torno a la investigación en temas de sistemas agroalimetarios, cultura y desarrollo. 

¿Cuál es el rol de Rimisp en la implementación de la agenda 2030 de Naciones Unidas?

Rimisp empezó a trabajar en la Agenda 2030 antes de que se constituyera. Ha tenido un rol desde su origen, alrededor de la discusión que se armó con las organizaciones no gubernamentales en Londres. A partir de eso, Rimisp contribuye al cumplimiento de la Agenda.

Primero, con la idea de construir políticas públicas que generen mayor cohesión territorial en los países de la región, está en línea con los objetivos de la Agenda de las Naciones Unidas. Ahí hay un vínculo bien fuerte entre nuestros esfuerzos de investigación e incidencia y los esfuerzos que están haciendo los otros países para cumplirlas.

Segundo, en el ámbito de la participación de la sociedad civil, que es un eje que atraviesa la Agenda, también se relaciona directamente con nuestro quehacer en varios de los proyectos y programas que tenemos instalados.

Sin embargo, en lo que se refiere a medio ambiente y recursos naturales, es probable que estemos un poco más retrasados en la Agenda, pero la vamos a retomar fuertemente ahora.

En resumen, pienso que nuestro trabajo está bastante desarrollado y nuestra temática está en línea con la Agenda 2030, solo tenemos que poner un poco más de atención en los temas de medio ambiente y recursos naturales.

En el ámbito de sistemas agroalimentarios, ¿cuál es el principal desafío para Latinoamérica, desde la óptica de Rimisp?

El primero es relevar la importancia de la agricultura familiar en la región como un grupo, como un sector de actores en los países comprendidos, con gran importancia económica. Mucha de la producción y del valor que se genera en agricultura recae en la agricultura familiar o agricultura a pequeña escala. Este es el grupo importante, en cuyas manos está buena parte de la riqueza de la biodiversidad de nuestro continente, por lo tanto, su capacidad de manejar adecuadamente esos recursos asegura una biodiversidad razonable para el continente, sobre todo ahora, que la necesitamos para adaptarnos al cambio climático.

La pequeña agricultura está muy relacionada a esta nueva demanda de alimentos menos transformados, menos industrializados y más amigables con el medio ambiente y la salud humana. Todo esta estrategia de los circuitos cortos, la relación entre consumidores y productores en territorios urbano-rurales, tiende a ser cada vez más importante, y probablemente ahí también hay un factor en el cual nosotros como Rimisp debemos proponer políticas para generar, no hegemonía de sistemas alimentarios, sino sistemas alimentarios diversos que puedan responder a las diferentes demandas de nuestras sociedad.

Además, hay otro elemento que tiene que ver con los temas de identidad y cultura. La pequeña agricultura y los sectores rurales tienen una fuerte relación con aspectos identitarios no tangibles, donde la producción de alimentos y la forma de consumirlos es uno de los temas que tiene creciente valoración en la sociedad, tema al cual Rimisp ya se ha dedicado por más de 10 años.

En este ámbito, ¿qué avances destacas en Rimisp este 2017?

El primero, reconstruir algunas reflexiones en torno a cultura y desarrollo. Estaba un poco mermada la capacidad de ponerse al día sobre cuáles son los temas y hacia dónde creemos que hay que empujar la reflexión política y de investigación en este ámbito. El segundo, rearmar nuestras redes de trabajo. Me parece que la reciente firma de acuerdo con la FAO, para un proyecto tanto en Sudamérica como en Mesoamérica, es de vital importancia porque nos va a permitir tener un mayor alcance regional y participar de las discusiones de políticas en los temas de agricultura y desarrollo de una manera crucial durante el próximo año.

Y tenemos un desafío grande, crecer, alcanzar un equipo de trabajo que nos permita razonablemente lograr nuestros objetivos de investigación e incidencia política para el próximo año y aumentar nuestra masa de publicaciones en este ámbito.

Este es el segundo año de un período de cinco, relacionado con nuestra agenda estratégica, por eso este 2018 debe ser un año que nos permita terminar de sentar las bases para que esa agenda estratégica se pueda desplegar a plenitud el 2019, ahí hay que concentrar los esfuerzos.

 ¿Este 2018 toma fuerza la idea de que “la mejor política pública se hace dialogando”?

Sí, es nuestro sello. El diálogo es muy importante para la construcción de políticas.

Yo creo que hay que ir vistiendo un poco más esa idea fuerza con dos conceptos adicionales: la mejor política pública se hace dialogando y sobre evidencias.

Y también hay que ir evaluando para aprender. Hay que dialogar, hay que tener evidencia y también hay que evaluar para seguir mejorando.

¿Qué lección nos deja este año de trabajo?

Yo creo que la lección que este año nos deja es la idea de que estamos enfrentando un mundo y un continente que está en movimiento y en cuestionamiento permanente.

Para mí, la lección fundamental es que hay que volver a preguntarse y repensar mucho sobre cuáles son las mejores políticas públicas para los fines que queremos lograr.

Y también tener en mente que los cambios que vamos a enfrentar son muy radicales, y que esos cambios la sociedad ya los está internalizando. La gente está comprendiendo que viene un cambio muy fuerte en los mercados del trabajo, en los mercados de bienes y servicios, en la política, en las comunicaciones, y tengo la certeza que para ser relevantes hay que capturar esos cambios y transformarlos en reflexión política.

Durante este último período, ¿es posible hablar de una evolución de políticas en la lucha contra la pobreza y el hambre en los territorios rurales en Latinoamérica?

Es complejo, estos 10 años han sido muy locos. Hemos tenido un boom de los precios de los alimentos, que en cierta medida fue muy positivo para varios países y para un grupo importante de poblaciones rurales. Pero fue así al principio, pues al poco andar nos dimos cuenta que afectaba profundamente a los pobres del campo, que son consumidores netos. Pues producen y si los precios de los alimentos suben reciben más ingresos, pero a la vuelta también deben consumir y comprar, y eso provocó, probablemente, pérdidas de bienestar y reacomodo en la situación del campo.

Hoy atravesamos un período complejo porque ha sido positivo para el sector, en lo que respecta a los precios de los alimentos, que estuvieron muy altos, pero fue complicado para el bienestar de la gente que está del campo y eso agudizó ciertas contradicciones y creo que todavía no hemos logrado capitalizar los aprendizajes de ese periplo. Ahora vienen períodos donde pareciera que va a ser más estable la relación de los precios de los alimentos, respecto a otros bienes de la economía. Tengo la sensación que viene un período muy fuerte de incremento en la productividad, de incremento de la incorporación de la tecnología y de los espacios de organización en el campo.

Finalmente, esto tiene que ver con la relación entre espacio rurales y urbanos, que cada día son más complejas, pero también más evidentes y trascendentales en los países de la región, y eso va a tener un correlato en el bienestar de las poblaciones rurales.