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Dialogan sobre Diversidad Biocultural; impulsa Rimisp el tema en foro de IBERO

2 Mayo, 2018

Como un tema singular, y en el marco de debates económicos, la diversidad biocultural fue abordada por expertos, representantes de asociaciones y funcionarios públicos; la agroecología como respuesta a crisis de la producción industrializada de alimentos; la liga entre preservación ecológica y aprovechamiento sostenible para oferta a los mercados y la gestión territorial fueron tópicos destacados.


El 5º Congreso Anual de Economía y de Políticas Públicas “Sobre México”, auspiciado por la Universidad Iberoamericana (IBERO) contó en su programa con una sesión que resultó sui generis. Fue el panel sobre Diversidad Biocultural y Territorios, co-organizado por la IBERO y Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural.

Las ponencias presentadas allí fueron sobre a) la transición hacia la agroecología por parte de productores de granos y sus efectos positivos en rendimientos, ganancias e incluso organización; b) sobre la trayectoria global del movimiento Slow Food y sus herramientas de Baluartes y “Arca del gusto” para fortalecer la agroproducción sostenible. Asimismo, c) sobre la viable relación entre conservación de la biodiversidad y ganancias de mercado, como experiencia de la Comisión Nacional para el Conocimiento de la Biodiversidad (Conabio), y d) sobre la importancia de los pequeños productores y la existencia de cientos de organizaciones que son exitosas no obstante el marco de políticas anticampesinas que surgieron desde los años 80’s del siglo pasado.

El panel, realizado el 13 de abril (el segundo y último día del Congreso), fue moderado por Fabiola Leiva, Investigadora Principal en Rimisp.

Zoe VanGelder, quien ha dedicado 11 años al trabajo en comunidades rurales de América, Asia y África, fue la primera expositora y habló de una experiencia de transición agroecológica que ella documentó en 2017 para la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC) –y que está publicada en el sitio web del Institute for Agriculture and Trade Policy (www.iatp.org), además de formar parte de 52 estudios de caso de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Explicó que la agroecología, cada vez más atractiva en el mundo, es un modelo que ofrece prácticas de producción sostenible –con un buen manejo de los recursos suelo y agua y con adaptación al contexto ecológico, político y socioeconómico local-, así como mayor equidad y justicia en el pago a los productores de escala pequeña y mediana. Y es alternativa al modelo agroindustrial, caracterizado por los monocultivos, los monopolios y la concentración de poder en los mercados y en los insumos para la producción, además de que genera 30% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en el mundo.

Dijo que su estudio aclara que la agroecología emerge de movimientos sociales. La ANEC nació hace más de 20 años y cuenta con unos 60 mil socios productores de granos de pequeña y mediana escala integrados en organizaciones locales de 17 estados de la República; brinda asesoría y asistencia técnica, financiera, de comercialización y de aseguramiento; hace incidencia en políticas públicas y perfila valores democráticos, de autonomía y rendición de cuentas. En 2008, ante una crisis económica, los socios de ANEC decidieron orientar recursos y tiempo a desarrollar un nuevo modelo de producción que les diera autonomía ante mercados volátiles, donde los insumos (pesticidas, fertilizantes, semillas) tenían precios fuera de control, y para adaptarse al cambio climático.

En alianza con científicos de diversas universidades ANEC desarrolló el esquema ACI-MICI, que significa Agricultura de Sistemas Integrados y Manejo Integrado de Cultivos Inducidos (integra la sabiduría campesina con el conocimiento científico). Productores de Jalisco, Michoacán, Chiapas, Puebla y Nayarit empezaron a experimentar con producción de vermicomposta y lombricomposta, y varios líderes campesinos fueron a Cuba a aprender a producir microorganismos y bioinsumos. Asimismo, la ANEC ha organizado talleres y visitas de campo para inducir el intercambio de conocimiento entre los productores y entre las organizaciones locales. Hoy suman dos mil los productores involucrados en ACI-MICI, pero “seguramente en los próximos años sumarán cinco mil o diez mil”, comentó VanGelder. Los resultados reportados por los productores –que aún deben comprobarse y estudiarse– hablan de un aumento de 10% a 30% en rendimientos y una reducción, en el mismo rango, de costos de los insumos (por el uso de pesticidas biológicos y uso racional de fertilizantes); también, mayor resistencia y resiliencia a cambios climáticos.

“Mi consideración en el estudio es que tales resultados se deben sobre todo a los procesos participativos, democráticos, y colectivos de innovación, de co-aprendizaje que fomenta la ANEC en sus organizaciones locales y regionales. Esta experiencia ha sido muy emotiva. Lo ejemplifico con el caso de un productor: luego de una helada que mató todos sus cultivos, buscó a un técnico y ello lo hizo unirse a una organización de ANEC. Ahora comercializa conjuntamente y participa en diferentes acciones de incidencia política pública. Estas son historias poco documentadas sobre lo que se necesita para apoyar la transición agroecológica”.

Horacio Torres, miembro de Comida Lenta, asociación civil ligada a Slow Food, recordó que este movimiento internacional surgió en 1998 como una expresión de rechazo a la comida rápida; con una acción ciudadana que ofrecía degustar un platillo típico italiano de pasta a los transeúntes, los pioneros de Slow Food rechazaron la instalación de un local de McDonald’s en la Plaza España de Roma. Desde entonces, sin embargo, se ha visto un avasallamiento de las urbes del mundo por parte de esa comida rápida e industrializada (que propicia obesidad y enfermedades crónicas como la diabetes e hipertensión, por el uso excesivo de sal, grasa y azúcar, y de aditivos que provocan adicción, como el benzoato de sodio).

Slow Food, dijo Torres, cuenta hoy con 140 mil socios en 120 países, mil 300 grupos locales y dos mil 300 comunidades de agricultores, cocineros, académicos, jóvenes y más. Y busca proteger la biodiversidad y el conocimiento y la dieta tradicionales. “Somos una red global comprometida en cambiar la lógica de la producción alimentaria”. Las tres características de los alimentos Slow Food son bueno, limpio y justo, “y así se convierte en sostenible y de calidad”. El movimiento trabaja y cabildea con programas y acciones de forma local, nacional e internacionalmente. Entre sus campañas están Slow Fish que apuesta a frenar la sobreexplotación de los mares, por medio de inducir el consumo de especies poco conocidas y el apoyo a pescadores artesanales; otra campaña es la relativa a transgénicos, la cual brinda información entendible, no técnica, a la población para que comprenda lo que son estos cultivos y sus implicaciones ambientales, alimentarias y económicas.

Asimismo, por medio de su “Arca del gusto” –que habla de resguardar alimentos valiosos para la población– induce a que las comunidades campesinas valoren sus productos, como en México podrían ser los quelites de alverjón, los quelites de endivia, los gasparitos, o los maíces en sus diversas especies. “Otra herramienta son los baluartes, creados en 2000; son pequeños proyectos para apoyar a los productores de alimentos específicos en territorios particulares, y tales alimentos deben implicar la protección de la biodiversidad”. En México hay diez baluartes, entre ellos la vainilla de Chinantla (Oaxaca), el amaranto de Tehuacán (Puebla), el cacao de La Chontalpa (Tabasco), la miel virgen de Cuetzalan (Puebla) y el maguey pulquero del Altiplano de México. Hay tres baluartes en Yucatán: la pepita de calabaza, la abeja melipona y el cerdo pelón mexicano. Los productores de estos tres reportan que, con el concepto de baluarte, sus ingresos por la venta de estos productos subieron y han tenido una reducción en la línea de pobreza alimentaria de 26%.

Pedro Carlos Álvarez-Icaza, coordinador de Corredores y Recursos Biológicos de la Conabio, dio a conocer un proyecto que recientemente aprobó el Global Environment Fund (GEF). El plan “busca vincular territorios y diversidad biocultural”; apuesta a la conservación de la biodiversidad pero por la vía de la producción agrícola y forestal con manejo sostenible de los recursos, y se basa en la acción colectiva y la participación de productores de pequeña escala. Comentó que esta visión inició en Conabio en 2002 con el Corredor Mesoamericano, que integra esquemas de manejo sostenible. En ese marco, “con la Secretaría de Agricultura creamos en la Sierra Lacandona, en Chiapas, un proceso de desarrollo rural, con resultados interesantes que suman ya diez años”. Luego en 2013 el Banco Mundial “nos dijo que debíamos agregar los mercados a lo ya hecho; pensamos entonces en cómo crear empresas sociales para comercializar productos sostenibles, e impulsamos cadenas con valor agregado y conservación de la biodiversidad”.

Así, “nuestra visión es que no hay biodiversidad que ser conserve si no tiene una relación que la aproveche […] Hemos trabajado en más de mil comunidades con agroecología, forestería comunitaria, apicultura, caficultura sostenible y manejo sustentable de tierras. Los productores cuentan con planes de negocio para llevar sus productos al mercado. La incidencia ya se observa en los territorios”. Comentó que la FAO, al impulsar hace tiempo las directrices agroalimentarias para América Latina y el Caribe, tomó como referente una de las experiencias del Corredor Mesoamericano y “estamos ahora trabajando con FAO para cruzar esas directrices, esta vez para todo el mundo, no sólo para la región”.

El nuevo proyecto mencionado por Álvarez-Icaza (donde participan múltiples instituciones incluida Conabio, Sagarpa y Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, Conanp, y que iniciará antes de concluir el actual sexenio) implica tres condiciones: la primera, gestión territorial sostenible; la segunda, enfoque de paisaje (cadena productiva y comunidad, conjuntamente), donde es actor central la gobernanza, entendida ésta como la capacidad de los productores, en un territorio, de autorregularse y de tomar decisiones propias, y tercera, que implique de forma unida la conservación ecológica, la productividad rural y la resiliencia ante el cambio climático. El plan implica tres millones de hectáreas (de un total de 12 millones estudiadas inicialmente) en siete regiones del país; las acciones implicadas se alinean con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas y hay un compromiso de reducir dióxido de carbono (CO2). Y entre otros objetivos están fortalecer a los productores para mejorar su producción sostenible; incrementar sus ventas; manejo integrado del paisaje, y “algo que me importa mucho es inducir un enfoque territorial de las política públicas”, pues dijo, se podrá lograr la convergencia del trabajo de diversas instituciones públicas, reduciendo duplicidades de gestiones, esfuerzos y de recursos.

Héctor Robles, investigador asociado de Rimisp y miembro de la campaña Valor al Campesino, cerró el panel. Habló de los factores que prueban la valía de los pequeños productores agropecuarios –y que desmienten la idea persistente en el gobierno y la sociedad de que son improductivos, de que no contribuyen a la economía nacional y deben ser atendidos como pobres, por programas asistencialistas–. “Somos un país donde predominan los pequeños productores; siete de cada diez tiene menos de cinco hectáreas, y nueve de cada diez tiene 20, tanto en el régimen de propiedad privado como en el social (ejidal y comunal) y su contribución al empleo agrícola, a la oferta alimentaria a los convenios con las agroindustrias es indudable. Resulta absurdo que la política pública no lo entienda así, dijo.

Señaló que ha trabajado en recopilar información de experiencias exitosas de organizaciones de pequeños productores, y acumula ya 450 de distinto tipo –desde grupos de trabajo y uniones de ejidos hasta agrupaciones de diversas formas asociativas– y ha caracterizado también qué elementos las hacen exitosas, “lo cual, pienso, sería la base de cualquier política pública”.

“El que sean exitosas no significa que tengan muy altos ingresos. El simple hecho de que hayan sobrevivido 30 o 40 años, ya es un éxito, en un escenario desfavorable: sin financiamiento, con mercados y precios volátiles, sin instituciones de apoyo…”. Permanecen generando empleo, generando producción y al menos una cantidad de recursos [económicos]”.

Sus características son: “todas ellas se organizaron alrededor de un cultivo comercial, no de la producción de alimento para la familia, pues ello las ha obligado a buscar mercado, ingresos y compras consolidadas; ver como almacenan; nuevas fórmulas de producción…”. Mencionó los casos de la Unión de Cooperativas Tosepan (Puebla, productores de café, fundamentalmente); de la Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca (CEPCO, que exporta café orgánico), y de la mencionada ANEC (nacional, de productores de granos). “Todas estas organizaciones empezaron en la parte productiva y ahora están escalando incluso hasta el financiamiento (varias han creado sus propios organismos de financiamiento o tienen una asociación para ello); otra característica es que han formado sus propios técnicos (que están muy comprometidos con la organización, a diferencia de los que son contratados por el gobierno y que ocupan buena parte de su tiempo en hacer informes). Asimismo, construyeron una gobernanza, hay rendición de cuentas, tienen estructuras de participación, hay sanciones, etcétera. Y se han dado cuenta que no deben tener un solo producto, pues ello los expone a situaciones tales como la enfermedad de la roya en el café; por tanto, aprovechan sus recursos naturales para emprender actividades productivas adicionales”. Las organizaciones más avanzadas, dijo Robles, son aquellas que han incorporado a su agenda diaria los temas de salud, educación, de género y de alimentación, entre otros. “Están haciendo lo que se denomina gestión del territorio”.