El tema de los circuitos cortos de comercialización (CCC) vinculado al impulso a la agricultura familiar y la inclusión de los productores y emprendedores de pequeña escala en el mercado está adquiriendo importancia en las agendas de desarrollo públicas y privadas en América Latina y Caribe así como en otras regiones del mundo.
Están creciendo a nivel mundial movimientos de comida local y regional que impulsan una relación directa entre consumidores y productores, incentivando la implementación de políticas públicas al respecto. En la literatura especializada, existen numerosas definiciones de CCC. Sin embargo existe un consenso general acerca de sus principales características: i) baja o nula intermediación; ii) cercanía geográfica; iii) confianza y fortalecimiento de capital social. Sin embargo, la realidad actual de los CCC es bastante más diversificada y no necesariamente las tres características se presentan de manera simultánea y sin fricciones. Para contextualizar los CCC en ALC es importante analizar cuatro tendencias que influyen en su desarrollo y funcionamiento.
En primer lugar, ALC es una región sujeta a profundas desigualdades tanto de tipo social como de fuertes desigualdades a nivel territorial. El Informe Latinoamericano sobre Pobreza y Desigualdad de 2015 (RIMISP, 2016) releva que la desigualdad territorial es una condición relevante en ALC que involucra a distintas dimensiones (pobreza, educación, salud, empleo, ingresos, seguridad ciudadana e igualdad de género). Si bien hubo un mejoramiento en la evolución de los indicadores de desarrollo, el mismo no se tradujo necesariamente en una reducción de las brechas subnacionales: “los promedios nacionales ocultan grandes diferencias entre territorios rezagados y adelantados en cada país de la región y que estas brechas se mantienen en el tiempo” (RIMISP, 2016: 31). Lo anterior implica que no todos los productores y los territorios se puedan beneficiar – entre otros aspectos – de las cadenas largas y los grandes circuitos de distribución organizada ni que éstos sean necesariamente sostenibles.
En segundo lugar, otra tendencia influyente es el creciente reconocimiento de la relevancia de la agricultura familiar para la seguridad alimentaria, la generación de empleo agrícola, la biodiversidad, la conservación de las tradiciones culturales y la mitigación de la pobreza.
En tercer lugar, en las últimas décadas se ha asistido a un tránsito desde una economía rural donde la agricultura representaba la actividad principal a una economía rural diversificada, basada en la pluriactividad, donde los empleos e ingresos rurales no agrícolas adquieren relevancia.
Por último, cabe señalar que ALC ha sido caracterizada por un crecimiento notable de la clase media, reflejándose también en un cambio en los patrones de consumo. De hecho, entre los consumidores habría una tendencia a pagar más por productos éticos, producidos localmente y de mejor calidad.
El fenómeno existe en ALC y se manifiesta, como se ha señalado, de distintas maneras. Sin embargo, uno de los desafíos principales que permanece es una mayor investigación que se traduzca en una lectura crítica y realista sobre las potencialidades de los diferentes tipos de CCC para los actores de la cadena agroalimentaria y para los territorios, buscando influir en mejores políticas públicas desde una perspectiva territorial integrada.
El Programa Desarrollo Territorial con Identidad Cultural de RIMISP, en los años anteriores, desarrolló algunas investigaciones sobre los CCC – en particular los vinculados a los mercados públicos institucionales – mientras iba impulsando iniciativas en red de CCC de base territorial, y poniendo el tema en la agenda de políticas públicas de distintos países de ALC. Durante el 2016 está previsto sistematizar, difundir y discutir en distintas palestras nacionales e internacionales estas experiencias multinivel.
(Texto original en: Plataforma de Territorios Inteligentes, FAO)